miércoles, 17 de diciembre de 2008

Recuperar la ilusión

Por Patricia Ceriani

Constantemente nos preguntamos hacia donde vamos, que nos está pasando, que perdimos en el camino, y que necesitamos para que el futuro deje se ser un pozo y se encienda en el fondo la luz que lo convierta en túnel.

¿Perdimos el motor, perdimos las ganas, perdimos la esperanza de cambiar auque sea una mínima porción de la realidad que nos circunda?

¿Vivimos en un país empeñado en una gesta heroica de demostrarle orgulloso al mundo que siempre se puede estar peor?
¿Son las historias de nuestros abuelos las que nos mantienen atados a la tierra, las historias de una ilusión que le permitiera al hijo de un inmigrante casi analfabeto llegar a presidente de la Nación?
¿La añoranza de un tiempo que ya no sabemos si volverá?

Miramos a quienes son nuestros referentes; académicos, políticos, y también referentes en la vida de todos los días, las generaciones anteriores a la nuestra. Nos miramos en ese espejo distorsionado por el tiempo. Buscamos respuestas.

Nos formamos creyendo que en la educación de un pueblo están las herramientas de transformación. Que en nuestra tierra y en nuestra gente existe el potencial necesario para la construcción de un país más justo, más equitativo, productivo y mejor. Un país, sin embargo, que pareciera ignorar y menospreciar a los pensadores, a los científicos y a los académicos; a quienes piensan y a quienes hacen; a los que participan y a los que se comprometen. A quienes poseen las herramientas de transformación.

Podemos resignarnos a muchas cosas, pero nunca debemos resignar la bandera del conocimiento, sin conocimiento no hay acción, sin acción no hay transformación. Como en "El país de las últimas cosas" de Paul Auster en donde los momentos de mayor optimismo transcurren en una biblioteca, reducto de los últimos vestigios de la civilización; de la misma manera debemos preservar el conocimiento en los sitios de la educación y del saber.

Son tiempos de siembra, tal vez no veamos resultados en mucho tiempo, tal vez no los veamos nunca. Pero debemos seguir trabajando aunque la siembra sea silenciosa y anónima. Y también debemos enseñar a cosechar, porque mientras las generaciones anteriores a la nuestra se debaten entre la ilusión y la desesperanza, les debemos transmitir a las generaciones que nos suceden la certeza de que no todo está perdido.

Tenemos una oportunidad única y valiosa, en pequeña o gran escala, con mayor o menor experiencia, la mayoría de nosotros tenemos una cuota de responsabilidad en la transmisión del conocimiento, en la formación de los actores políticos y sociales del mañana. No la desperdiciemos.

En el barrio, la ciudad o la Universidad, son mucho los lugares donde nuestra opinión puede iniciar un debate profundo y donde nuestra acción puede acercarnos aunque sea minimamente a la grandiosa tarea de construir un país más justo.

Pero no repitamos en nosotros mismos, en nuestros pequeños espacios de poder los esquemas obsoletos que engendraron esta crisis del pensamiento, separemos la paja del trigo y reformulemos cada idea para evaluarla con la medida de los principios que nos dieron origen y contrastarla con la efectividad en la acción que nos posibilitará transformar positivamente la realidad que nos rodea.

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